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- LA LEYENDA DE LA ALDEA DE PELLUHUE - |
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RECOPILACIÓN DE ALEJANDRO MEDEL |
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En las tardes tristes y tormentosas de Pelluhue, los pescadores recuerdan esta leyenda. Vivía allí Curi-Caven (Espino Negro), indio pescador, casado con una indiecita que era una monada por lo bella y hacendosa. La felicidad que siempre los acompañó fue mucho mayor cuando nació una hija que llamaron Rayen-Caven (Flor de Espino).
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Lamentablemente esta dicha se vio perturbada con la muerte de la madre, quedando la pequeña y hermosa niña, triste y desamparada, pues su padre, igual como lo hacen los pescadores en la actualidad, tenía que ausentarse por largas jornadas en busca del sustento. Pasaron los años y Rayen-Caven estaba a punto de desesperarse por su triste existencia cuando apareció Layquén-Ghuelmen (Jefe del Mar), especie de genio marino, quien se propuso y prometió criar a la niña hasta que cumpliese los 20 años, oportunidad en la cual la pediría para casarse.
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Como recién la niña no estaba en la etapa de la adolescencia, Curi-Caven aceptó la proposición del Genio del Mar. La indiecita siguió creciendo sin mayores inconvenientes, en tanto que su padre podía practicar con mayor tranquilidad su actividad de pescador… Pero como no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, la niña se transformó en una mujer hermosa y atrayente a tal punto que se convirtió en la atracción de la aldea.
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Muchos fueron los pretendientes que intentaron conquistar su corazón. Entre ellos, un joven indio llamado Necul-Naiqui (Gato Veloz) el que se prendó de ella y al ser correspondido se propuso en poco tiempo hacerla su esposa.
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Ante este romance pletórico de amor recíproco, el padre de Rayen-Caven no pudo darle el consentimiento, pues el secreto que había contraído con Layquén-Ghuelmen se lo impedía. En su interior cifraba sin embargo compromisola esperanza que éste se olvidase de su antigua petición y pudiera así su hija tomar por marido al que verdaderamente amaba y que de seguro la haría feliz.
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Layquén-Ghuelmen en cambio había contabilizado con la mayor precisión el transcurso de los años, los meses y los días porque una semana antes de cumplirse el plazo, hizo su aparición recordando a Curi-Caven el pacto existente y su total cumplimiento.
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El pobre y atormentado pescador creyó morir de pena cuando llamó a su ilusionada hija y a su novio para explicarles la causa que hacía imposible el que llegaran a convertirse en marido y mujer.
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Rayen-Caven, destrozada en su interior ante tal relato de su padre, como buena hija, inclinó levemente su cabeza en señal de resignación. Necul-Naiqui en cambio, no se conformó ni aceptó tan violento como cruel anuncio; con resolución, propia de los enamorados, juró defender la pertenencia de su amada hasta las últimas consecuencias y desde ese instante no aceptó un segundo separarse de su lado. Si llegaba Layquén-Ghuelmen, allí estaría él para enfrentarlo.
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Al sexto día, cuando Curi-Caven salió como de costumbre a pescar, su hija y su novio con las manos entrelazadas se quedaron silenciosos y meditabundos en el interior de la choza esperando la aparición de Layqué-Ghuelmen…
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Nunca se supo si Necul-Ñaiqui se enfrentó con su poderoso rival, porque cuando estaba al acecho de él, se desencadenó un ventarrón inexplicable… Nubes de arena formaron verdaderos cerros a tal punto que empezaron a cubrir la aldea. Por espacio de varias horas rugió la violencia de la tormenta que sorprendió como nunca antes a Curi-Caven y los demás pescadores que se encontraban en plena faena.
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Cuando consiguió eludir el peligro de las gigantescas olas y recaló en la playa rápidamente se encaminó al lugar de su choza… Nada de ella encontró; solamente montones y montones de arena que habían sepultado a la pareja de enamorados, víctimas así de la ira del soberbio Layquén-Ghuelmen.
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